La gastronomía en la historia, literatura y arte
Es la mitad de un año muy importante en la historia de nuestro país, como cada seis años. Es junio y es un mes que ha traído a mi vida profesional grandes satisfacciones, la siguiente es una de ellas.
No hay lugar a dudas, el sueño de todo historiador es difundir el producto de largas jornadas de investigación, reflexión, crítica documental y escritura. Para mí, dicho sueño se ha cristalizado gracias a la oportunidad y la confianza que Egourmet ha depositado en mi persona para hacer llegar a sus seguidores el resultado de las investigaciones sobre un tema que en los últimos años ha atrapado no sólo mi mente, sino también mi corazón: la historia de la gastronomía.
Mis esfuerzos entonces se encaminarán no sólo a informarlos sino también a contagiarlos del entusiasmo y pasión que genera en mí el conocimiento del desarrollo culinario, el descubrimiento de filias y fobias alimenticias y, por qué no, el encantador encuentro con diversas curiosidades gastronómicas que han tenido lugar a través del tiempo.
Es más, gracias a la laxitud temática que me brinda Egourmet, me permitiré ampliar el radio de alcance de difusión a la literatura y al arte plástico –esas otras dos formas de ver y vivir la vida- y a la memoria y los recuerdos –individuales y colectivos- que muchas veces lanzan mayor luz que el dato duro.
Para cerrar esta mi primera participación, permítanme, amables lectores, hablar sobre San Lorenzo, protector de los fogones, los cocineros, los pasteleros, los cerveceros, entre otros, a quien aprovecho para encargarle el buen desarrollo y éxito de esta sección.
San Lorenzo, diácono y mártir, nació en Huesca, Aragón, España, en el siglo III. Por petición del Papa Sixto II, quien sufría de la persecución del emperador romano Valeriano, se dedicó a repartir entre los pobres los bienes de la Iglesia. Cuando fue llamado a rendir cuentas sobre dichos bienes, San Lorenzo señaló que todos los cristianos pobres eran la verdadera riqueza de la Iglesia. Tal señalamiento le valió ser hecho prisionero para sufrir diversos martirios, entre ellos, ser asado en una parrilla.
Sin expresar sufrimiento alguno, a sus verdugos encargó dieran vuelta a su cuerpo para estar bien asado. Cuando por fin lo estuvo exclamó: “¡Ahora mi carne está bien cocida, ya pueden comer de mí!”. Enseguida expiró.
A San Lorenzo se le representa de diversas maneras, pero las más constantes son a un lado de una parrilla o frente a ella y portando una palma que lo distingue como mártir.
Pues bien, espero muy entusiasta la primera semana de julio en la que les hablaré sobre un tema muy ad hoc: las elecciones y los alimentos.
¡Buen provecho!
Mtra. Patricia López Gutiérrez
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